martes, 8 de enero de 2019

El rechazo a las democracias


El rechazo a las democracias (1 de 2)

6 de enero 2019 - Wenceslao Vargas Márquez

Ha sido algo así como el libro del año en ciencia política. En estas notas trataremos de reflexionar acerca de los principales apuntes de los profesores de Harvard, Levitsky y Ziblatt, contenidos en su libro Cómo mueren las democracias, pero no en el sentido de analizar si el fondo de lo que afirman es cierto o no sino pensando en preguntarnos por qué se hace contra las democracias lo que ellos apuntan.

Comienzan los autores Levitsky y Ziblatt citando los ascensos de Hitler y Mussolini en Italia y Alemania como modelos destructores de la democracia liberal tradicional,  Mussolini en Italia en 1922 y Hitler en Alemania en 1933. Tienen razón en ponerlos como modelos de quienes destruyen las democracias desde dentro, pero me temo que dos o tres datos puntuales son inexactos, o debatibles.

Por ejemplo, decir que la visita de Mussolini al rey Víctor Manuel el 30 de octubre de 1922 es el “inicio” de la marcha sobre Roma me parece erróneo. En realidad esa visita fue el “final” de la marcha física sobre Roma. Mussolini se trasladó físicamente desde Milán en tren, sus seguidores en auto, ferrocarril, bicicleta y a pie. El “final” de la marcha concluyó con la toma pacífica de Roma por parte de unas 40 mil personas que sin violencia física (la pura presencia del número) obligaron al rey a darle el gobierno a Mussolini por temor al mal mayor que eran el comunismo y el socialismo. 

Pocas veces se tiene presente, y en ellos aciertan Levitsky y Ziblatt pero no son los primeros (ni los más enfáticos), en decir que Hitler y Mussolini recibieron ‘por confianza’ la jefatura de gobierno de parte de sus respectivos jefes de Estado. Hitler recibió el mando de manos del presidente Hindenburg y Mussolini lo recibió de manos del rey.

Dicen Levitsky y Ziblatt que “Hindenburg, aprovechó un artículo de la Constitución que confería al jefe del Estado la autoridad para nombrar a cancilleres en caso de darse la circunstancia excepcional de que el Parlamento no lograra nombrar a un Gobierno por mayoría. La función de dichos cancilleres no electos y del propio presidente no consistía sólo en gobernar, sino, además, en marginar a los radicales tanto dentro de la derecha como de la izquierda”. Aquí tengo otra reserva. Me temo que cancilleres como los descritos no necesariamente hacían la función de “marginar a los radicales”; pienso en von Papen y en Schleicher. 

Hitler, para sus planes, tuvo la suerte de que se muriera Hindenburg al año siguiente de su ascenso, en agosto de 1934, y al quedarse solo asumió todo: la cabeza del Estado (la Presidencia), el gobierno (la Cancillería), más la dirigencia del partido (el NSDAP), más facultades legislativas y jurisdiccionales, por la vía de la por él creada figura de Führung, que unificaba todas esas instancias. El titular de la Führung era el Führer. Mientras a Hitler le faltó el acompañamiento del Presidente, que murió, el caso italiano fue distinto. 

El rey Víctor Manuel se mantuvo a cargo de la monarquía antes, durante y después del gobierno de Mussolini. En concreto, Mussolini gobernó desde 1922 y hasta 1943 en que fue destituido por el mismo rey que lo había nombrado jefe del gobierno italiano 21 años atrás “al final” y no “al inicio” de la marcha sobre Roma. Sigue siendo tema de polémica desentrañar el misterio de la conducta del rey.

Dicen también Levitsky y Ziblatt que “los pelotones de fascistas que rodeaban Roma representaban una amenaza, pero las maquinaciones de Mussolini para tomar las riendas del Estado no tuvieron nada de revolución”. El punto es interpretar el sentido que los citados autores le dan a la palabra “revolución”. Mussolini formó un nuevo gobierno y un nuevo régimen que duró poco más de veinte años. ¿Fue entonces la suya una revolución o no? Si lo que quieren decir es que no fue violenta con muertos y heridos efectivamente no los tuvo, al menos en el preciso momento de ascender.

En el primer párrafo de esta nota propusimos preguntarnos por qué se hace contra las democracias lo que Levitsky y Ziblatt apuntan en su libro. Proponemos aquí que por la razón de que los regímenes derribados entraron en crisis. Por crisis entendemos la incapacidad para la eficacia; por eficacia entendemos lograr los objetivos del Estado. 

La crisis de los rusos Romanov permitió el ascenso del Partido Comunista, la monarquía italiana entró en crisis (perdió eficacia) en 1922 y permitió la llegada del Partido Nacional Fascista, el sistema político mexicano caudillista entró en crisis con la muerte de Obregón en 1929 y orilló a la creación del Partido Nacional Revolucionario, de sospechosa homonimia con el italiano, la República de Weimar entró en crisis en 1933 y permitió la llegada del NSDAP. La crisis del PRI-gobierno desde fines del siglo XX permitió el ascenso de Morena en 2018.

Pregunta desagradable: ¿se parecen las razones por la que cada sistema político perdió eficacia y permitió el ascenso de un contrario que en distintos grados monopoliza el poder en una sola persona? 

Desde aquí proponemos que sí.   


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El rechazo a las democracias (2 de 2)
8 enero 2019 - Wenceslao Vargas Márquez

Al reciente libro Cómo mueren las democracias, de los profesores Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, de la Universidad de Harvard, le habría convenido mejor llevar como tema Por qué mueren las democracias. Me parece que no importa tanto el cómo mueren las democracias si no por qué mueren las democracias.

Plantean nuestros autores cuatro criterios para medir la erosión de la democracia por parte de un político como cabeza de un nuevo régimen. Escribieron: “hemos concebido un conjunto de cuatro señales de advertencia conductuales que pueden ayudarnos a identificar a una persona autoritaria cuando la tenemos delante. Deberíamos preocuparnos en serio cuando un político: 1) rechaza, ya sea de palabra o mediante acciones, las reglas democráticas del juego, 2) niega la legitimidad de sus oponentes, 3) tolera o alienta la violencia o 4) indica su voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación”.

Los autores proponen que las democracias han comenzado a morir no por ser atacadas desde fuera (revolución, golpe de Estado, etc.) sino cuando líderes carismáticos llegan al poder con las reglas del juego y luego debilitan y anulan desde adentro los valores tradicionales de la democracia liberal. Para comenzar su explicación Levitsky y Ziblatt proponen los casos de Mussolini en Italia en 1922 y Hitler en Alemania en 1933, líderes carismáticos que en su momento recibieron el poder por la vía democrática. Mussolini de manos del rey y Hitler de manos del presidente.

Nos parece que los casos italiano en 1922 y alemán en 1933 se parecen (es decir, son lo mismo como explicación política) a los casos ruso-soviético de 1917, y mexicanos de 1929 y 2018. Creemos que todos los casos responden a un denominador común: el hartazgo con el régimen precedente que se traduce, según la gravedad, en el monopolio posterior del poder en las manos de una sola persona. 

Hitler asumió todo el poder en 1934: la cabeza del Estado (la Presidencia), del gobierno (la Cancillería), más la dirigencia del partido (el NSDAP), más facultades legislativas, jurisdiccionales y de fiscalía. ¿No es equivalente la manera en que los presidentes salidos del PRI en el siglo XX ejercieron el poder?

Los presidentes mexicanos unificaron bajo su puño la cabeza del Estado, del gobierno y del partido, más facultades metaconstitucionales en lo legislativo, judicial y de fiscalía. 

En Italia ocurrió lo mismo aunque Mussolini no retuvo en sus manos la cabeza del Estado que siguió en manos del rey, pero como si lo hubiese hecho: el monarca (superior) fue una nulidad en todos los sentidos hasta que despertó en 1943 y destituyó al Duce (subordinado). 

Permítame el lector un despropósito (¿otro?): desde que nació el PRI con el nombre de Partido Nacional Revolucionario los presidentes mexicanos tuvieron encima de su autoridad, la sombra política de Calles. Calles actuó como una especie de jefe de Estado mientras los presidentes desde 1929 y hasta 1936 se desempeñaron como jefes de gobierno, hasta que Cárdenas asumió el mando de los dos niveles y creó la figura presidencial mexicana que hoy conocemos.    

Entre paréntesis apuntemos que Mussolini se llamó Benito en razón de que su padre Alessandro (1854-1910), socialista, admiraba a nuestro oaxaqueño Juárez; en relación con don Benito apuntemos que las primeras células fascistas (los fasci di combattimento) los fundó Mussolini un 21 de marzo (de 1919; ya pronto el centenario). Una pregunta mala onda: ¿fue en honor al nacimiento del presidente Juárez? 

Con otro paréntesis diremos que Calles visitó Alemania en agosto y septiembre de 1924, antes de tomar el poder, y cuando fue apresado en 1936 para ser expulsado del país por Cárdenas, sus aprehensores consignaron que leía en ese mismo momento un ejemplar de Mi lucha, la obra hitleriana fundamental en el nacionalsocialismo.

Regresemos. En vez del título de Cómo mueren las democracias, de Levitsky y Ziblatt, es mejor preguntarnos por qué mueren las democracias. Nuestra respuesta es colectiva y mecánica: la crisis del régimen precedente. La crisis de la monarquía y gobierno italianos orillaron al ascenso del fascismo, la crisis de la alemana República de Weimar, orilló al ascenso del nazismo, la crisis mexicana ocasionada por la muerte del presidente electo Obregón en 1928 orilló a la creación del PRI en 1929, la crisis devastadora del PRI (1982-2018) orilló al ascenso del nuevo gobierno mexicano.

En todos los casos fueron arrollados los instrumentos democráticos existentes como pesos y contrapesos en el ejercicio del poder. ¿Por qué? Por inoperantes. No es una justificación. El monopolio personal del poder que ejerce una sola persona arrollando a los demás poderes y entes autónomos no es tampoco una justificación ni un pretexto, es una realidad, pretende ser una explicación de por qué mueren las democracias.

Twitter @WenceslaoXalapa