domingo, 12 de julio de 2015

Porfirio Díaz, nuestro pelícano

Porfirio Díaz, nuestro pelícano
Wenceslao Vargas Márquez

El hombre del centenario luctuoso en curso (somos hijos de una cultura occidental decimal), Porfirio Díaz Mori, nació en Oaxaca en 1830, murió en Francia en 1915, hace cien años. Terminó la carrera de abogado, trabajó en un bufete y fue un equivalente de profesor universitario (de latín, de derecho Natural y derecho de gentes) antes de optar por las armas. Luchó desde los 25 años de edad contra la dictadura de Santa Anna (1853-55) y debió huir para salvar su vida.

Mis ejemplares de las Memorias de Díaz


Sus Memorias, en dos tomos de 300 páginas cada uno, no son fácilmente localizables; se conservan gracias a que las dictó a Matías Romero en 1892, en pleno ejercicio presidencial. Remata el segundo tomo con su hoja de servicios militares que arranca en diciembre de 1856 y terminan en octubre de 1881 para un total de 32 años 6 meses de servicio. Mis dos tomos están fechados en 1983 y se avisa en el colofón que se tiraron 25,000 ejemplares. No rescata Matías Romero el indudable paso de Porfirio Díaz por las logias y ritos masónicos de los que llegó a ser dirigente.

Porfirio Díaz fue masón y quizá sea el presidente de México de quien más tenemos fuentes documentales. 

En mi trabajo La masonería en la presidencia de México (2010) le dedico una treintena de páginas a este presidente mexicano que perteneció a las logias usando el nombre simbólico de Pelícano, en alusión a Cristo (que daba las sangre por sus hijos; puede leerse Alighieri, la Divina Comedia, Paraíso, canto XXV: 113). Cristo es también el nombre de la logia en que Díaz militó. 

Benito Juárez usó el nombre simbólico de Guillermo Tell. En el espiritismo Madero usó el de Bhima. Hoy la masonería usa menos de esta costumbre de ocultar el nombre propio a través de un nombre simbólico. 

Un autor puntualiza la fecha de ingreso a logias. Afirma Pablo Serrano Álvarez en una publicación del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas de las Revoluciones de México (INEHRM) que Díaz ingresó a la masonería el 2 de abril de 1852 en Oaxaca, a los 22 años de edad.

Estuvo primero en el Rito Nacional Mexicano y luego en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado donde obtuvo el grado 33º que es el más alto de ese rito; en el Rito Nacional Mexicano el más alto es el 9º que también obtuvo; igual ocurrió con Madero en ambos ritos en 1911 porque la masonería mexicana es absolutamente obsequiosa con el poderoso. 

Dirigió en calidad de vicepresidente una asociación masónica norteamericana de ex militares titulada Masonic Veteran Association  of the Pacific Coast (MVAPC, 1901) donde fungía como (M)ost (W)horshipful and (Ill)ustrious (Bro)ther Porfirio Diaz, 33th, Right VenerableGrand Vice-President for Mexico of the MVAPC. 




En 2010 se exhibió la película El Atentado dirigida por Jorge Fons basada en un libro de Álvaro Uribe (2007). En ella el tema masónico se pasa de largo. A mi juicio no hay razón para negarle el regreso a su patria natal.

Otro caso discutido como el de Díaz es el de Victoriano Huerta, conocido por sus adversarios con el tímido apodo de El Chacal, aunque de los tiranos mexicanos ha sido quien ha llegado al poder por la vía técnica más limpia: la renuncia del presidente anterior, Pedro Lascuráin, y su ascenso a la presidencia con el aval del congreso mexicano. Sus restos descansan en los Estados Unidos. 

A veces, también, se está en territorio mexicano sin estar. Iturbide es un ejemplo. Se hallan sus restos en la capital pero podemos hacer de cuenta que no estuvieran en territorio mexicano. Su tierra mortuoria en Padilla, Tamaulipas, fue inundada por la presa Vicente Guerrero desde 1971; menos para resolver un problema hidráulico, y más para borrar su recuerdo.

No es difícil suponer que la negativa de políticos a aceptar el retorno de los restos mortales de Díaz se deba a que sientan que les queda enorme ese apellido. Hace poco en un programa de TV un comentarista decía que en pueblos perdidos en la geografía nacional es fácil hallar una cancha de basket hecha por Luis Echeverría y un kiosko central hecho por Porfirio porque -pienso yo- que Díaz se dedicó a construir para el futuro.

Construyó amplia obra material pero Díaz cerró los ojos ante la insultante desigualdad en la distribución de la riqueza que se esmeró en generar, apoyado en Limantour. Pero lo mismo hace el PRI hoy, cerrar los ojos. Díaz cerró los ojos ante los salarios deprimidos que nunca mejoró y apaleó hasta donde pudo a los nacientes sindicatos y agrupaciones gremiales mexicanos. Pero lo mismo hace el PRI hoy, apalear salarios y gremios y luego cerrar los ojos. 

Díaz cerró los ojos cuando las cargadas mediáticas y elitistas lo ascendían al poder sobre los hombros de una minoría rapaz, impune, positivista y científica, minoría que hizo de México "un almacén logrado por avaricia y robo" (Pellicer). Pero lo mismo ha hecho el PRI hoy, cerrar los ojos y los oídos cuando se denuncia que el país está secuestrado por minorías políticas y económicas que depredan los pocos recursos nacionales que son recursos de todos.

Díaz se aferró al poder y cometió un error al reelegirse para el sexenio 1904-1910, y todavía peor, reelegirse en 1910, pero el mismo error tuvo Juárez al reelegirse en 1871. Para Juárez, entonces (1871), ya estaban políticamente lejanos los desafíos de la república central, de la reforma y del segundo imperio pero no supo, no supieron Díaz y Juárez retirarse a tiempo. 

Obregón y Díaz tuvieron debilidades paralelas. A Obregón le pareció injusto que siendo sostén militar de Carranza este escogiera al civil Bonillas como sucesor presidencial. A Díaz le pareció injusto que siendo el sostén militar de Juárez este escogiera al civil Lerdo de Tejada como su sucesor. 

Díaz y Obregón fueron exitosos en sus protestas y al hacerlas triunfar crearon regímenes personalistas más o menos estables a corto plazo pero con dirigentes ciegos y sordos para eventuales transformaciones políticas. Obregón tampoco supo retirarse a tiempo, murió asesinado al reelegirse. Todos han tenido aciertos y errores.

¿Pueden, entonces, deben volver los restos de Porfirio Díaz al país? Repasemos lo que hicieron otros presidentes en otros momentos: El presidente Sebastián Lerdo de Tejada (masón del Rito Nacional Mexicano) recibió vivo, en 1874, a Antonio López de Santa Anna y a su esposa apenas 20 años después de la última presidencia (1855) del maldito de nuestra historia nacional. Eran otras las reciedumbres y las tallas políticas. 

El propio Díaz recibió en 1889 el cadáver de Lerdo de Tejada, muerto en Nueva York, en el exilio, a raíz de su frustrada lucha contra el triunfante Díaz. Díaz triunfante recibió el cadáver del derrotado Lerdo apenas 13 años después de la presidencia (1876) de su inteligente enemigo íntimo. 

No puede ser que 104 años después de su caída y exilio (1911) y 100 años después de su muerte (1915) los gobiernos y la sociedad de hoy no podamos recibir el cadáver de Porfirio Díaz Mori, nuestro Pelícano. 

Sobre todo si son un cadáver y una tumba que en Montparnasse acumulan sobre sí, muy silenciosamente, un largo siglo de ceniza y polvo.


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